lunes 20 de septiembre de 2010

Discurso de metafísica (V)

“…pero conocer en particular las razones que le han podido mover a elegir este orden del universos, tolerar los pecados, dispensar sus gracias saludables de una cierta manera, esto excede las fuerzas de un espíritu finito, sobre todo cuando no ha llegado aún al goce de la visión de Dios.

no hay que dudar que la felicidad de los espíritus es el fin principal de Dios y que realiza tanto como la armonía general lo permite.”

Hay un orden moral que se encuentra en algunos de los mundos posibles, lo cual es un factor particularmente importante en la decisión de Dios respecto de qué mundo hacer.

Leibniz, Discurso de metafísica.

Carriero, Leibniz on Infinite Resolution and Intra-mundane Contingency.

1 comentarios:

Té Verde dijo...

"…no hay que dudar que la felicidad de los espíritus es el fin principal de Dios"

esta frase es impresionante. Es una invitación o una exigencia para dar un salto de fé. Algo que siempre pensé y creí que es un don. Más tarde derivé a pensar que la fé es un sentido más, como la vista o el olfato, tal vez propio de la humanidad, pero que no todos poseemos o desarrollamos.

Es así necesario que, desde un punto de vista pragmático, se incorpore al sistema de creencias personal, y tal vez Castoriadis propondría que se integre a la construcción del imaginario de uno o al social, la confianza axiomática en ese final feliz pensado por el entendimiento divino. Deseado por esa voluntad inhumana.

Y con ello exponerse al riesgo de caer presos de la maldición marxista, la adicción a la esperanza, el sueño vaporoso. Dormitar cada día apretado en un tren traqueteante durante una hora, de pie y pisoteado. Así cada día ver los rostros mocosos de niños mendigos y las miradas tristes de los perros abandonados, aturdido por los maullidos de las gatas tiradas en baldíos.

Y acostumbrarse y resignarse creyendo que mañana será mejor porque está en los planes de un dios. Pero uno es ciego y sordo ante la presencia de ese dios. No huele el aroma de la rosa mística. No siente el rozar con los dedos el borde de su manto y sigue sangrando. No escucha la voz que le dice "andá que tu hijo está sano"

...

Hoy regresa Perséfone, ¿y si hago silencio y espero que me cuente historias de su reino oculto?

Tal vez algún día escuche.
Estoy condenado.