lunes, 5 de enero de 2009

Posiblemente el hombre que vio a la partera

La plaza estaba colmada de artesanos a pesar de que el cielo anunciaba una copiosa lluvia. Recorría con la vista los puestos sin detenerme en nada particular cuando comenzaron a escucharse los rumores de Zeus que hacían temblar la tierra. En pocos instantes todos estarían en plenos preparativos y a las corridas para albergarse en algún lugar seguro y evitar el aguacero.

Me senté en un banco mientras pensaba qué hacer, si buscar los papeles o terminar con esto de una vez. Tenía en mi maletín todo lo que necesitaba para emprender el gran viaje, la transmutación.

Había leído que algunos sostienen lo siguiente; la transmutación del cuerpo nos haría formar parte del infinito de un modo que, no nos es posible conocer en este estado de existencia, pero sí lo sería luego. Yo creo que siempre formamos parte del infinito, el problema es que en un cuerpo, destinado al cambio, con conciencia de él y capacidad auto-reflexiva, terminamos pensando más en lo individual como separado del todo y nos perdemos en un laberinto de singularidad equívoca. Este tipo de pensamiento nos lleva a concebir la existencia de la muerte, lo cual resulta absurdo si lo analizamos desde la perspectiva que incluye la totalidad del universo como aquello de lo que formamos parte, ya que “no perece lo que no se genera” y si el alma o la mónada que gobierna nuestro cuerpo no es generada, tampoco perece, solo transmuta. Si somos parte del cosmos y de este modo participamos del equilibrio universal, parecería ser que yo requería un cambio, un cambio radical, un cambio de estado.

-¿Por qué somos tan limitadas las criaturas? Si todo estaba determinado ¿Qué debería hacer en este momento? Qué era lo necesario, ¿yo era necesario? Qué hacer, qué hacer…Esa era mi única preocupación, mi mente estaba subsumida plenamente en ese pensamiento.

Abandoné el banco de la plaza y lo cambié por una silla en un bar, esto me permitiría pensar lejos de la lluvia, o al menos no debajo de ella. Buscar un motivo para no abandonar esta existencia y persistir en ella requería un gran esfuerzo de voluntad, y bajo la lluvia se volvía un tanto confuso.

Pedí un café cortado mientras observaba la calle, el calor húmedo comenzaba a subir, parecían lenguas de vapor en lucha por beberse las gotas de agua que caían vacilantes y temerosas sobre el asfalto caliente. Todo esto me hacía pensar más aún en el movimiento y el cambio. No hay muerte, me decía convencido. -Pero tampoco hay salida, me interrumpió una voz en off. Tampoco hay salida repetí mentalmente.

La gente pasaba corriendo por la vereda, se refugiaban bajo los aleros de los negocios. El astrólogo pasó y me vio, notó raudamente mi estado de ensimismamiento, el gesto en mi rostro debería manifestar cierto extravío. Me regaló una sonrisa comprensiva y cómplice y siguió su camino. Agradecí esta atención suya siempre, será por eso que terminé formando parte de uno de sus planes.

2 comentarios:

Té Verde dijo...

Me gustó, la idea es muy buena y uno se queda con ganas de más. Bien llevada, sólo le pondría algo más de porteñidad... pero es una chifladura mía. /aún no escribí nada, la postura del crítico es muy cómoda/

Abrazos!!!

Helena dijo...

Hola Ale!!!!
Me tengo que poner a trabajar en esto, sólo para hacer algo distinto, me cuesta salir de la actitud reflexiva. Tal vez algo más relacionado con lo material...
Gracias por pasar, si haces algo contame.
Besos